viernes, 18 de noviembre de 2016

Arquitectura Conteporanea

Analizar la producción de arquitectura de El Salvador en los últimos veinte años representa un reto, no tanto por la dificultad de delimitación temporal, que inicia con la firma de los Acuerdos de Paz (1992) y se prolonga hasta el día de hoy, sino porque el objeto de estudio es demasiado cercano al observador. Este período que Samayoa (2002) llama de «reforma pactada» ha evidenciado la aparición de nuevos actores y generaciones de profesionales involucrados en la producción de arquitectura, así como la desaparición de otros, en un marco de mayor apertura del país hacia el mercado y la cultura globales.

Internacionalismo



La presencia de profesionales y firmas de arquitectura internacionales con una importante producción local ha marcado la arquitectura de El Salvador en los últimos veinte años. Como se ha visto a lo largo de esta reseña, esta es una característica permanente de la realidad arquitectónica salvadoreña desde la época colonial que, probablemente, se ha exacerbado desde 1992. Entre otros, merece particular atención el caso de R. Legorreta con obras muy significativas como el centro comercial Multiplaza (2005), los apartamentos El Pedregal (2010), la Escuela Superior de Economía y Negocios (ESEN) (2009), el edificio administrativo de TACA (2008) y algunas residencias privadas, construidos todos de la mano de grandes grupos empresariales. En estas obras aparece con nitidez una variante importante de la arquitectura moderna mexicana por medio del manejo de un lenguaje de geometría sencilla y masas dominantes relativamente introvertidas.

Obras destacadas


En relación con los profesionales locales, en una línea que devela el gusto explícito por la espacialidad de Barragán y que intenta hacer una síntesis de la volumetría precolombina y los patios coloniales, destacan dos obras en particular: el Museo de Antropología (MUNA) a cargo de Dada y Altschul (1999) y el Museo de Arte (MARTE) de S. Choussy h. (2003). Ambos edificios se configuran a partir de la articulación de lleno y vacío, el primero alrededor de tres patios que organizan las grandes funciones del edificio; el segundo, a partir del respeto por el Monumento a la Revolución y su plaza y las múltiples referencias al mismo evidenciadas en el graderío de acceso, la columnata de entrada y la proyección del vestíbulo intermedio. Así mismo sobresale el manejo de grandes volúmenes sencillos, depurados e introvertidos, y ensayos en la introducción de la luz. En el caso de S. Choussy h. este ejercicio es la culminación de otros esfuerzos que comprenden el pretérito museo Árbol de Dios (1992) y el museo del Sitio de San Andrés (1998).


Desde otra línea, más relacionada con los anteriores esfuerzos orgánicos y vernáculos destacan dos obras de índole educativa a cargo de L. Avilés y asociados. Primero, el kínder nacional de Popotlán en Apopa (1994), el cual responde a un contexto de precariedad urbana con un partido sencillo que organiza las aulas a partir de cuatro brazos discontinuos entrelazados por un espacio multiuso de carácter vestibular, techado por una bóveda metálica. Un esquema similar pero de mayor envergadura se propone en el edificio ICAS, de maestrías, de la UCA (2000). Aquí hay que destacar la creación de amplios espacios vestibulares de múltiple altura que adquieren el carácter de salones multiuso y el manejo de una paleta restringida de materiales: ladrillo de barro en diferentes disposiciones y estructuras metálicas vistas. Esto al final se ha constituido en un nuevo modelo tipológico de organización de espacios escolares. Estas obras se vinculan con otras realizaciones del mismo equipo tales como el Centro de Capacitación de FUSAI, ahora Ciudad Mujer (1996) y el Hospital General del Seguro Social (1998). Desde una aproximación más abierta, hay que destacar la iglesia de Cristo Nazareth, en Huizúcar, por E. Avilés (2004), en la cual se hacen nuevos ensayos en el manejo de materiales, en el uso de una escala más íntima del espacio y en el despliegue del edificio hacia el exterior.

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